La Dignidad Humana: El Valor de No Tener Precio - PlataformaDemocratica.Com

La Dignidad Humana: El Valor de No Tener Precio

 


Por: Becker Márquez Bautista


La dignidad humana es el núcleo de nuestra existencia; es ese valor intrínseco que poseemos por el simple hecho de ser personas. No es algo que el Estado nos otorga, sino algo que el Estado debe reconocer y proteger. Sin embargo, para que este concepto sea real, los ciudadanos deben ser los primeros en comprenderla y, sobre todo, en preservarla.


El ser humano tiene el deber sagrado de defender sus derechos. La verdadera dignidad se manifiesta en la postura que asumimos frente a la vida y frente al poder: jamás debemos arrodillarnos para reclamar lo que por ley y por naturaleza nos pertenece. Arrodillarse por un derecho es convertir ese derecho en un favor; el ciudadano digno no suplica favores, exige justicia. El respeto a uno mismo es la barrera más sólida contra cualquier intento de humillación o sometimiento.


Es necesario desmitificar la figura del político y del funcionario. En una democracia sana, ellos no son amos ni señores; son nuestros empleados. Cada peso que sustenta sus salarios, sus oficinas y sus lujos proviene del esfuerzo de los ciudadanos a través del pago de sus impuestos. Por lo tanto, su labor no es una concesión graciosa, sino una obligación contractual con la sociedad. El funcionario está sujeto al cuestionamiento de la población y debe rendir cuentas sin que esto se interprete como una ofensa.


Recientemente, fui objeto de una falta de respeto y consideración por parte de una funcionaria que, amparada en un decreto, exhibió su ignorancia y arrogancia. Mientras ella defendía un parecer erróneo, yo sostenía mi postura crítica frente a la "francachela" y el despilfarro. Fui objeto de un maltrato cuya factura social y moral llegará tarde o temprano.


Sin embargo, jamás cargaré con la mochila del resentimiento, de la envidia o del dolor. La perdono, pues entiendo que es una asalariada del sistema que confunde el poder temporal con la razón, y cuyo único sustento para sobrevivir parece ser su lealtad al error. Mi dignidad no depende de su trato, sino de mi integridad.


Bajo esta lógica, resulta un error conceptual y moral dar las gracias a un funcionario por cumplir con su deber. No se agradece al servidor público por asfaltar una calle, construir una escuela o administrar un hospital; se le supervisa y se le exige eficiencia. Cuando el ciudadano agradece lo que es una obligación del Estado, renuncia inconscientemente a su poder y alimenta ese mesianismo político que tanto daño ha hecho a nuestras naciones.


Muchos funcionarios buscan ser vanagloriados para ocultar su ineficiencia o su falta de visión. Se alimentan del aplauso y del servilismo, creyendo que la propaganda puede sustituir a la gestión. Sin embargo, un ciudadano consciente sabe que la lisonja y el culto a la personalidad son los velos que cubren las carencias de un sistema que no funciona.


Preservar la dignidad humana es entender que el poder real reside en el ciudadano. Debemos caminar con la frente en alto, conscientes de nuestros valores y firmes en nuestras exigencias. Solo cuando el pueblo deje de actuar como súbdito y empiece a actuar como soberano, lograremos el cambio real que nuestras sociedades necesitan.


La dignidad no se negocia: se ejerce y se defiende sin humillarse.

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